Estaba almorzando tarde un sábado al mediodía y me llamó mi mamá.
Reconocí su voz cortada y angustiada. “Tenemos que ir a despedirnos de la abuela”.
“Vení a buscarme y vamos”, le dije.
Me cambié de ropa, me lavé los dientes y nos fuimos al Hospital Italiano.
Mi abuela estaba internada desde hacía algunos días.
Ese sábado 25 de febrero de 2023 ya no pude hablar con ella, estaba dormida, le estaban pasando morfina.
Hasta hacía unos días había estado completamente lúcida y le había preguntado a mi mamá si se iba a morir. “No mamá, vas a estar internada pero te vas a ir de acá”.
Mi abuela le tenía pánico a la muerte. Creo que fue por eso que vivió tanto, ¡96 años! Y casi un centenario muy bien vivido.
Todos sabíamos que la abuela se iba a morir, pero no sabíamos si iba a ser esa noche o dentro de diez días. Nadie lo sabía, sólo Dios.
Toda la familia que estaba en Buenos Aires fue al hospital a despedirse.
Fueron pasando las horas y nos quedamos mi mamá, mi tía y yo.
Ese febrero hizo mucho, mucho calor. Ese calor insoportable de 38 grados, húmedo y pesado.
Teníamos el aire acondicionado prendido, pero también estaban abiertas las puertas y ventanas.
Me sorprendió el ruido que se escuchaba del pasillo y de otras habitaciones.
La noche fue cayendo y el cansancio de estar deambulando entre la habitación y todo el hospital lo empezamos a sentir.
Mi tía me decía: “Andá a tu casa, Gaby”. Y para qué me iba a ir a mi casa si mi cabeza estaba ahí. Una intentaba ser coherente. No quería estar en otro lugar.
Yo sabía, de alguna manera, que esa era la última vez que la iba a ver.
Me imaginaba que si pasaba de esa noche, íbamos a turnarnos los próximos días para que alguien siempre estuviera con ella.
Yo estaba obsesionada con el dolor. No quería que mi abuela sufriera. Que no sintiera ni un pellizco.
Entró una médica a la habitación y le inyectó un “rescate”. Me explicó que era para que mi abuela estuviera más tranquila. “No queremos correr detrás de ella”, me dijo.
Creo que en algún momento le dije que no quería que sufriera, que por favor hiciéramos todo lo que había que hacer para que no tuviera ningún dolor. Y me dijo algo que no me voy a olvidar nunca: “Si ves que frunce el ceño, llamame, puede ser que algo le esté molestando”.
Y ahí estuve yo, toda la noche mirando fijamente su ceño. Nunca lo frunció.
En algún momento pedimos empanadas con PedidosYa.
Yo quería comer algo para no tener el estómago tan vacío. Comimos por comer, casi sin hambre, en una sala de espera con salida a uno de los jardines del hospital. Era tarde, quizás once o doce de la noche.
Quería comer rápido, no quería que mi abuela estuviera sola en la habitación.
Volvimos a la habitación y estuvimos las cuatro juntas.
Con mi tía y mi mamá hablamos mucho durante horas. Recuerdos y anécdotas. Historias que habían pasado hace muchos años. Muchas cosas que yo no sabía. Tratábamos de hablar bajito.
Recuerdo que me cansaba de estar sentada en un sillón y me iba a sentar a la cama, al lado de mi abuela. Le acariciaba la mano, le acomodaba la bigotera y la cabeza con una almohada. Quería que estuviera cómoda. La tocaba para ver si estaba bien con la temperatura.
Yo veía que respiraba cada vez más lento. Que se le inflaba el pecho y después bajaba.
Pero cada vez el ritmo era más y más lento.
En ese momento no lo sabía, me lo explicaron después. Esa respiración era agónica, un proceso natural antes de que el cuerpo se apagara.
Pero sin saberlo, ver eso me produjo paz. Yo sabía que mi abuela estaba sin dolor.
En algún momento, mi abuela hizo como un ronquido raro. Las tres dejamos de hablar y nos acercamos a ella. Nos tomamos de las manos y rezamos.
Mi abuela seguía respirando, por la boca, cada vez más lento. Las tres sabíamos que ese era el final. Y estábamos ahí.
Una siempre sabe que los abuelos se van a morir. Yo me sentía tan agradecida de estar ahí, en ese momento. Fue uno de los mejores momentos de mi vida. Con mi abuela viví muchísimas cosas y su partida fue un momento más. Quizás, el más importante.
Mi abuela murió a las cinco de la madrugada. Nos quedamos con ella unos minutos más.
No sé cuánto tiempo pasó después, pero me pareció lo mejor llamar a la médica.
La doctora entró a la habitación y nos hizo salir a las tres. Nos quedamos esperando en el pasillo. Salió y nos dijo: “No hay signos vitales”. Asentimos con la cabeza. Ya lo sabíamos. Estábamos tristes pero aceptando mucho su partida a otro plano.
Entramos nuevamente en la habitación y buscamos su documento.
La médica nos dijo: “Lleven el DNI a admisión de internación”. Estábamos cumpliendo el protocolo del hospital.
Salimos del pabellón con mi tía, ya era de día. En ese momento vi gente caminando, entrando y saliendo, autos que pasaban. Y yo pensaba: ¿cómo podía ser? Mi abuela había muerto y el mundo seguía girando. Era una sensación muy extraña.
Entregamos el DNI y volvimos a la habitación. Estaba mi mamá juntando cosas.
Recuerdo que le di un beso en la frente y la volví a tapar.
Cuando estábamos saliendo de la habitación, nos cruzamos con un camillero. Iba a retirar el cuerpo de mi abuela.
Estábamos saliendo del hospital y vi entrar una camioneta, también supe que se trataba de mi abuela. Creo que era la camioneta de la cochería.
La llamamos por teléfono a mi hermana y la fuimos a buscar a su casa. Ya eran las seis y pico, siete de la mañana.
Estábamos las cuatro en el auto: mi mamá, mi tía, mi hermana y yo manejaba. Paramos en una panadería a comprar algo para desayunar.
Me quedé sola en el auto y ahí me quebré. Ya había llorado bastante antes, pero creo que en ese momento caí en que no la iba a ver nunca más. Pero a la vez estaba muy agradecida de que Dios me había dado la mejor abuela del mundo hasta mis 38 años.
Y su historia no se terminó esa madrugada: quedó guardada en mí, como esas fotos que nunca se pierden.


