En varios posts atrás conté que la encuadernación es mi segundo amor y mi segundo oficio.
Desde muy chica me fascinan los libros como objeto.
¿A quién no le gustan los libros de tapa dura? ¿Y el olor del papel nuevo? ¿Y el del papel viejo?
Siempre me pregunté cómo se fabricaban. Con el tiempo entendí que existen producciones masivas y otras más pequeñas, hasta llegar a las más artesanales, donde cada pieza es única.
Durante toda mi etapa escolar estudié inglés y recuerdo que los libros eran carísimos.
Mi mamá nos pedía, por favor, que los cuidáramos mucho. Escribíamos muy suave con lápiz para poder borrar después y revenderlos.
Lo mismo hacíamos con los demás manuales del colegio. No queríamos que se arruinaran y que otra persona no pudiera aprovecharlos.
Sigo teniendo esa misma forma de pensar. De hecho, estoy vendiendo gran parte de mi biblioteca personal en Mercado Libre. Son libros que ya leí y que no me interesa conservar. Prefiero liberarlos y que encuentren un nuevo dueño.
El otro día se me desbloqueó un recuerdo que, evidentemente, mi psiquis había sepultado por el dolor que todavía me provoca.
Yo tendría unos siete u ocho años. Mi mamá nos había regalado la colección de libros de Disney: todos de tapa dura, con papel ilustración. Eran hermosos. La Sirenita, La Cenicienta, La Bella y la Bestia…
Recuerdo que los leíamos antes de dormir.
Me sabía los textos casi de memoria.
Jugábamos con esos libros. Y una tarde los llevamos al jardín.
Nos olvidamos de entrarlos.
Esa noche llovió.
Cuando nos despertamos a la mañana siguiente, los encontramos completamente empapados. Las hojas estaban pegadas entre sí. Se habían arruinado por completo.
Creo que fue por eso que, años más tarde, estudié restauración: para darles una segunda oportunidad a esos viejos libros que tanto queremos.
Aprender este hermoso oficio me llevó años de estudio y práctica.
Hoy me dedico exclusivamente a confeccionar álbumes de fotos y a restaurar aquellos que lo necesitan.
Y así siguen conviviendo, en armonía, mis dos grandes amores: la encuadernación y la fotografía.
Una vez, una exalumna me dijo: «Fueron dos horas maravillosas. Ni toqué el celular en toda la clase. Se necesita mucha concentración y realmente ESTAR ACÁ.»
Creo que esa frase resume muy bien lo que siento cada vez que encuaderno. En un mundo que nos empuja a hacer todo rápido y a mirar una pantalla cada pocos segundos, trabajar con las manos, con papel, hilo y pegamento, es una forma de volver al presente.
Y, quizás, esa sea una de las cosas que más amo de este oficio.
